Metro ochenta de barro

– Parece que has tenido un día duro – le comenté a un amigo, apoyado cabizbajo y pensativo en la barra de la taberna donde solemos potear.

– Más que duro…ha sido un día para olvidar…estoy asqueado de la vida que llevamos, de nuestras quejas sin sentido, de nuestros maravillosos políticos, de… – se interrumpió. Su mirada se perdió entre las botellas del mostrador de madera.

– Anda, saco otra ronda y cuéntame porque somos una mierda…

Francamente, no tenía ni pizca de ganas de tener ninguna conversación trascendental para arreglar el mundo. Yo también había tenido una jornada laboral larga y pesada. Bastante infructuosa. Decepcionante, ya que mi trabajo consiste en dar soluciones a los problemas técnicos de las empresas.

Y ese día no había podido solventar con éxito ni el cincuenta por ciento de mi trabajo. Y todo por la lluvía. Por ese maldito fín de semana de lluvia, viento, frío, más lluvia, más lluvia, más lluvia…

Carreteras bloqueadas por desprendimientos, casas anegadas, locales subterráneos convertidos en subacuáticos, comunicaciones dañadas, fuentes de suministro eléctricas bajo el agua, coches convertidos en peceras, playas donde la arena ha desaparecido bajo capas y capas de basura gentilmente depositada por las riadas…panorama desolador donde los haya. Y aquí, entre sagardo y sagardo, es donde comenzó a contar el amigo una de las situaciones en las que se ha sentido más impotente.

Trabaja como asesor en una empresa consultora, dentro del departamento de seguros. Como os podéis imaginar, esta semana ha tenido mucho trabajo. Trabajo duro. Hay que ser coherente con los clientes, pero productivo con tu empresa. Por algo te proporcionan las alubias cada día. Pero hay casos que desesperan.

Se llama Gabriel. Apellido vasco bastante difícil de pronunciar. Carpintero de segunda o tercera generación, con un pequeño taller ubicado en un barrio a las afueras de Donosti. Taller emplazado en un local a treinta metros del cauce del río Urumea. El mismo río cuyas orillas no se adecentan desde los principios de las urbanizaciones. Parece ser que siempre ha sido un gasto excesivo, innecesario o simplemente “algo inoportuno” para los responsables políticos de las instituciones que, una tras otra, ha evitado trabajar y solucionar este gran problema que año tras año siempre crea desgracias e incertidumbre a los vecinos de los barrios lindantes al río.

Pero esta vez ha sido excesivo. Gabriel se levantó el lunes deseando que las aguas hubieran bajado lo suficiente para poder entrar en su taller. Vana esperanza. Podía llegar a la puerta. Aunque al abrirla descubriría todas sus máquinas, material, herramientas…estaban sepultadas bajo metro ochenta de barro.

– Y cómo has podido ayudarle? – le pregunté al amigo.

Tomando de trago la sagardo me mira irónico contestándome – Lo único que necesitaba para formalizar la inspección de seguro y evitar su ruina más absoluta, eran las facturas y albaranes de compras de las herramientas y material que tenía en ese momento. Y lo único que acertó a contestarme entre las lágrimas de impotencia, era que si no me importaba mancharme el traje buceando entre el metro ochenta de barro, allí los encontraría, en un armario de madera con un candado de combinación.

– Y te manchaste el traje? – le increpé, a sabiendas que ni se le había ocurrido hacerlo.

– Ya sabes que no – contestóme – simplemente le dije…No te preocupes Gabriel, ya pensaremos cómo salir de esto…ahora te invito a comer algo y comentamos la jugada.

Amén.

El amigo hizo por ese hombre bastante más que todos los alcaldes de los pueblos afectados por sus convecinos. Hasta he llegado a leer en un periódico que uno de los ediles, ante las protestas de los afectados por la poca inicitiativa de las instituciones, solamente se le ocurrió contestar: “Yo no tengo la culpa de que haya llovido”. Bien por ti machote.

En plena campaña electoral, que ocurran estos acontecimientos te hacen reflexionar y dar media vuelta a las oxidadas tuercas de las neuronas. Sí, estamos en crisis. Sí, las desgracias provocadas por accidentes meteorológicos son bastante difíciles de controlar. Pero lo único que pedían los vecinos afectados era una ayuda inmediata. Y que no se la hayan proporcionado nuestros afamados dirigentes…clama al cielo, aunque llueva, maldita sea.

Solo deseo y espero que los problemas de los afectados por las inundaciones se solucionen el menor tiempo posible. Algunos tendrán que empezar una nueva vida de cero como Gabriel. Y estoy convendido que podrán hacerlo.

Aunque alguien les haya robado el mes de abril…

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En la posada del fracaso,
donde no hay consuelo ni ascensor,
el desamparo y la humedad
comparten colchón
y cuando, por la calle,
pasa la vida, como un huracán,
el hombre del traje gris
saca un sucio calendario del
bolsillo y grita
¿quién me ha robado el mes de abril?
¿Pero cómo pudo sucederme a mí?


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7 pensamientos en “Metro ochenta de barro

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  4. kaixo kepasa

    Es duro, mucho, estas situaciones, sobre todo porque ante catástrofes naturales poquito se puede hacer… a lo sumo prevenir y esperar que las autoridades pertinentes actúen como se supone que han de hacerlo, cosa que de normal no suele ocurrir…

    Solo puedo dar mucho animo para todos los afectados y fuerza para salir adelante y volver a empezar.

    Muxu handi bat!

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