Las tribulaciones de Joseba: Carpe Diem

Pues ya ha comenzado el año, ya han pasado las fiestas…parece que todo vuelve a la rutina… después de la vorágine de regalos que @Yomisma1981 les ha dejado a toda la familia de Joseba en Reyes en el anterior capítulo, “Desterrado!” en su blog Esloqueyocreo.com, parece que las aguas vuelven a su cauce. 8)

Pero… qué cauce?…el río lleva agua cristalina?… o más bien enfangada después de las tormentas de sentimientos que leímos en el anterior capítulo?.

De dónde ha sacado el tío Jon tooooodos los macro regalos de Reyes?

Por qué está enfadado el aita Xabier?

Qué es lo que quiere ocultar la ama Ainhoa?

Adentrémonos pues en las tribulaciones que le rondan por la cabeza a nuestro protagonista Joseba!. 8)

 Capítulo VIII: “Carpe Diem”

Enero ya estaba llegando a su fin. La verdad es que lo estaba deseando. Y no es que no  me gustara este mes. Era uno de mis preferidos. En casa siempre había significado que algunas cosas cambiaban. Casi siempre para bien. El aita siempre nos decía que teníamos que hacer una lista de propósitos para el año nuevo.

  •  Tenéis que pensar que empezáis un nuevo año en vuestra vida. –solía decirnos el aita Xabier – Imaginaros la cantidad de cosas buenas, bonitas… incluso cosas difíciles de entender, complicadas de aprender, que vais a poder recoger a lo largo de todos los días de este nuevo año. También vais a conocer gente nueva, vais a ser más amigos de vuestros amigos…y porque no, también vais a vivir momentos difíciles y días aciagos. Pero no os preocupéis. Aquí estamos la ama y yo para apoyaros y ayudaros en todo lo que necesitéis… de todas formas, siempre es bueno intentar conseguir, alcanzar los propósitos que pongamos en una lista. No hace falta que sean grandes propósitos. Es mejor que sean sencillos. Pero esforzaros todo lo que podáis en conseguirlos. Valorareis cada meta alcanzada mucho más, ya que lo habréis hecho vosotros solos.

Pero este año, nadie había escrito su lista de propósitos. Los acontecimientos que habían ocurrido en las últimas semanas nos habían desbordado a todos. A cada uno nos afectaban de diferente manera.

Por supuesto, a la txiki Ainara se le notaba menos. Al fin y al cabo es una niña. Sí… es verdad que yo también lo soy, pero para sobrevivir siendo el hermano mediano hay que aguzar el ingenio y aprender a madurar un poquito antes. La sorgintxiki de mi hermanita seguía siendo precisamente eso, una pequeña brujita capaz de encandilar y hacer rabiar a todos al mismo tiempo. Y encima como ahora teníamos que compartir cuarto, yo era la diana de todas sus bromas y maldades. Pero también era la persona a la que más se acercaba cuando las cosas no parecían estar bien. Y como ocurrió el día de Reyes, no entendía porque el aita se había enfadado tanto con el tío Jon y todos sus regalos. Pero como intuía que algo iba mal, había aparcado a las “súper muñecas” en un rincón. Algunas noches me preguntaba al acostarnos, ya con la luz apagada:

  • Joseba, ¿por qué el aita y la ama ya no están contentos?. ¿Es por qué el tío Jon ha hecho algo malo?.
  • No Ainara. El tío Jon no ha hecho nada malo. Pero simplemente no ha pensado que el aita quería hacer las cosas de otra manera. Quería que aprendiéramos a apreciar y a conformarnos con cosas sencillas y bonitas. Como tu muñeca de trapo, tu Sorgintxiki. A qué te gusta jugar con ella?.
  • Claro que me gusta jugar con ella. Es muy blandita y cariñosa. Y también me gustan las otras muñecas que me dejaron los Reyes. Pero como el aita está enfadado, no me atrevo a jugar con ellas.
  • Ainara, el aita no está enfadado. Y mucho menos contigo. Venga duérmete ahora y mañana hablamos con él para preguntarle si podemos jugar con los otros regalos de los Reyes… ¿hacemos trato?.
  • Vale!. Hacemos trato Joseba. Pero se lo dices tú.

Y con tal de que se durmiera contesté que yo arreglaría todo con el aita. Sin haberlo pretendido ya me estaba metiendo en otra embajada por culpa de mi hermanita. Nunca aprendía a dejar que los demás solucionaran sus problemas.

Y el que parecía que no tenía nunca problemas era mi hermano Ander. A él le había dado igual que el tío Jon hubiera ejercido de Gran Rey Mago. Estaba encantado con su portátil nuevo. Lo llevaba a todas partes, y eso que la ama le había dicho que no lo sacara de casa. Estaba todo el día enganchado a Tuenti y chateando con sus amigos… bueno, con sus amigos y con su amiga especial. Cuando la ama le preguntaba qué es lo que le tenía tan enganchado, él se ponía rojo como una granada y bajaba la tapa del portátil. Se notaba a la legua que le gustaba mucho esa chica, pero no le soltaba prenda a la ama. Y ella al final dejaba de insistir. En realidad lo que más le preocupaba era que Ander tenía más confianza con el tío Jon que con ella. Y que cada vez se distanciaba más del aita.

El aita.

Él sí que estaba pasando un pésimo mes de enero. Todo lo que había pensado para que estuviéramos bien, para que siguiéramos siendo una familia feliz y unida, se estaba desmoronando. E incluso se volvía en su contra. Ander hacía más caso a un gesto del tío Jon que a las charlas que intentaba mantener con él. Notaba que Ainara le estaba rehuyendo desde el día de Reyes. Era algo que le dolía mucho. Y parecía no saber encontrar el camino de rencuentro con la txiki. Pero lo que más le estaba preocupando era la distancia que se había formado entre la ama y él. Un abismo, un precipicio en el que había caído y no encontraba asideros para poder remontarlo y recuperar la confianza y el cariño de la ama.

El día de Reyes se había enfadado tanto, que sin pronunciar palabra, se fue a casa de su hermano. No volvió hasta la noche. Y cuando volvió siguió sin hablar. Sólo miraba hacía el frente, con una mirada perdida, con una mirada culpable. Y si la ama intentaba conversar con él, le correspondía en silencio, mirándola fijamente a los ojos y moviendo negativamente la cabeza.

En cambio el tío Jon parecía feliz. Era algo que yo no entendía. Cómo, teniendo problemas en el trabajo, problemas de dinero, conseguía siempre estar de buen humor. “Carpe diem”, solía decir. El aita me explicó que eso significaba en latín algo parecido a “vive el momento”. Y desde luego, eso es lo que hacía el tío Jon.

Deseando pues que acabara enero, me dirigí a la sala de estar, donde se encontraban el aita y la ama viendo la tele, para intentar cumplir el trato que había hecho con Ainara. Partido de pelota estaban viendo para más señas. Era algo que les encantaba a los dos. Por un momento me alegré tanto que estuvieran haciendo algo juntos, aunque estuvieran sin hablarse, que me olvidé del motivo de mi entrada en la sala y me aventuré a preguntar al aita.

  • Aita… todavía no hemos hecho la lista de propósitos del año nuevo. ¿Qué te parece si lo intentamos ahora?

El aita levantó la cabeza, sorprendido por esa invasión inesperada. Me miró fijamente, serio, aunque enseguida me lanzó una de sus maravillosas y tranquilizadoras sonrisas. De seguido desvió la mirada hacía la ama. Esta también le estaba mirando. Y por primera vez en muchos días, sus miradas transmitieron solamente cariño y confianza.

Justo en ese momento, oímos unos silbidos alegres, aunque algo estridentes. El tío Jon acababa de llegar a casa. Nadie sabía dónde se metía durante todo el día. Aparecía para comer y dormir. Y entró con sus andares cómicos en la sala, sentándose en el sofá junto a la ama y poniendo los pies encima de la mesita de cristal.

  • Buenas tardes familia! ¿Cómo va todo? Qué hay de cenar?

Al aita se le cambió la cara por un momento al ver al tío Jon. Volvió a ponerse serio. Parecía que se iba a levantar y salir de la sala, cuando me miró y dijo:

  • Tienes razón Joseba. Tenemos que realizar la lista de los propósitos para el año. Si te parece, voy a empezar yo mismo.

Se levantó de su sillón favorito y se plató con los brazos cruzados en medio de la sala delante de la televisión, como cuando nos juntaba a mis hermanos y a mi para una de las reuniones familiares y quería que le hiciéramos caso. ¡Estupendo! ¡El aita había vuelto!

  • Pues mi único propósito para este año – comenzó a decir el aita con su voz profunda y clara – es que esta familia esté feliz y unida. Y para ello tenemos que seguir unas normas de comportamiento. Todos los que vivimos aquí debemos cumplirlas. No son buenos tiempos, pero con un poco de esfuerzo por parte de todos, cada uno en su medida y en lo que pueda, puede aportar la tranquilidad y estabilidad en esta casa para que todo vuelva a la normalidad cuanto antes.

La ama miraba al aita con la boca abierta. E incluso creo que le estaban brillando los ojos. Y también, como si no supiera lo que estaba haciendo, asentía despacito con la cabeza. De repente sonó la voz de mi tío, jocosa y divertida como siempre.

  • ¡Vamos Xabier! No pretenderás que un adulto como yo viva bajo unas normas para críos. Ya sabes que mi lema es “Carpe Diem”. ¡Vive el momento y deja vivir!
  • Pues si no estás de acuerdo con dichas normas Jon, es mejor que te vayas de aquí. Sólo pretendíamos ayudarte, pero lo único que se ha conseguido es que el malestar y el descontrol entre en casa desde el momento que tú lo has hecho.

Me quedé atónito. De piedra. La que había dicho eso había sido la ama. Se había levantado, puesto al lado del aita y mirado fijamente a su hermano. Al tío Jon. Nunca le había oído hablar así a su hermano pequeño.

Este se había puesto serio. No se esperaba que la ama se enfrentara a él. Siempre había conseguido lo que había querido de ella. Se levantó y se dirigió hacía la puerta diciendo:

  • Parece ser que soy el culpable de las desgracias de esta familia. No os preocupéis. Sé cuando estorbo. Ahora mismo hago la mochila y os dejo en paz

Y entró en mi antiguo cuarto, el que compartían ahora Ander y el tío Jon. Y en menos de cinco minutos. Apareció en la sala, dejo el juego de llaves encima de la mesa de cristal y sin despedirse, salió de casa. Al menos no dio portazo.

Mis aitas se miraron. Ella estaba llorando y él no decía nada. Y bruscamente, la ama dio un abrazo al aita como cuando estaban felices y contentos y se iban pronto a la cama. Por fin. Parecía que las cosas volvían un poquito a la normalidad.

  • No entiendo porque el tío Jon tiene que irse de casa. – se oyó una voz en la puerta de la sala – Es el único que me entiende, me apoya y me deja en paz. Siempre hacéis lo mismo. Estropearme la vida. ¡Os odio!

Era mi hermano Ander. Estaba de pie en la puerta de la sala, con la mochila del portátil en el hombro. Dio media vuelta y salió de casa.

Y él si que dio un portazo.

Y ese portazo fue el ruido más horrible que se había escuchado en casa desde hacía mucho tiempo.

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4 pensamientos en “Las tribulaciones de Joseba: Carpe Diem

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  3. Kaixooo!

    Ays! Como te gusta complicarme las cosicas eh! jajaja! El tío Jon se nos larga enfadado, Ander también, Ainara que no sabe que hacer con sus súper muñecas y Joseba poniendo orden… Al menos parece que Xabier y Ainhoa han encontrado por fin algo que les acerca… o no?

    Genial laztana como siempre!

    Muxu handi bat!!! 😛

    • Kaixo mitxoleta.
      Pues no te quejes, que te lo he dejado que ni pintado para seguir.
      Fíjate el juego que puede dar el retorno… o no del tío Jon… la vuelta… o no de Ander, que Ainara empiece a romper muñecas o que Joseba el pobre se vuelva desordenado.
      Y que decir tiene que las parejas tienen muchos altibajos… ahora están altos…pero pueden tener un bache.
      Duro con ellos!
      Muxu haundi! 8)

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