Las tribulaciones de Joseba: Hibernación

Pues aquí estamos de nuevo viviendo “las tribulaciones de Joseba”. Como siempre, mi compañera en esta aventura de bertso post, @Yomisma1981, alias “complicando las cosas más en cada capítulo” nos dejó con la temperatura muy alta la semana pasada, rozando casi los 40º. Si no me creeis, repasad el anterior capítulo “39,5º sobre la nieve” en esloqueyocreo.com

Joseba nos dejó un poquito preocupados.

Pero enseguida vamos a ver que hasta los problemas y las desgracias consiguen unir más a las personas.

Gracias por pasar por esta vuestra casa.

 Capítulo X: Hibernación

 No sentía dolor. Ni siquiera me estaba dando cuenta que la fiebre estaba abrasando todo mi cuerpo.

Me encontraba en un estado de letargo, como un oso hibernando. Hacía unos días que en la ikastola nos habían explicado en que consistía la hibernación. Gracias a ella, muchos animales sobreviven en el duro clima siberiano de los inviernos de otras latitudes. Eran capaces de regular su metabolismo para que descendiera a unos niveles tan bajos, que conseguían conservar su energía vital durante días, semanas e incluso meses.

Por lo visto, mi energía vital estaba en las últimas. Y mi temperatura corporal no descendía ni por recomendación papal. Y eso que el papa, según la abuela María, era una de las personas más influyentes del mundo. Aunque el aita decía que sólo influía en su mundo particular. En nuestro mundo, el de personas comunes que convivían día a día con otras personas comunes, la influencia de los que los mayores llamaban “grandes dirigentes” se notaba menos.

Yo seguía sin sentir dolor, tan solo tenía ganas de dormir. Los brazos, las piernas, incluso los párpados me pesaban tanto que parecía que estuvieran construidos a base de plomo. Intuía lo que ocurría a mi alrededor y en ocasiones, hasta conseguía distinguir las voces de las personas que hablaban cerca de mí. Y siempre, creo que incluso cuando estaba dormido, sentía como unas manos apretaban las mías, como queriéndome decir que no me preocupara por nada, que todo iba a salir bien, que pronto dejaría de hibernar.

Mi letargo había comenzado dos días antes, después de mi aventura en la ventana de la sala de estar, cuando tuve la original idea de disfrutar de la nieve con el único abrigo del pijama y del gatito Ikatz encima de mi barriga. Por lo visto, pasé demasiado tiempo bajo los efectos del frío siberiano de -2º grados disfrutando de la maravillosa sensación que produce la visión de la caída de los copos de nieve. Tanto frio provocó que mi temperatura corporal subiera a los 39,5º grados. Eso, unido al catarro que había pillado en Santa Águeda, se tradujo en una neumonía galopante, de esas que según la abuela María, llegan sin avisar y no se pueden cortar a tiempo. Y de pasada comentó que no le parecía bien que un niño de mi edad estuviera levantado a esas horas de la mañana sin ninguna compañía y haciendo tonterías de críos. Por lo visto, a la abuela el observar como nevaba le parecía una tontería. Eso y varios comentarios más fueron lo que recuerdo de la última visita de la abuela a la clínica.

Estaba ingresado, por lo visto, el médico de urgencias, donde me habían llevado los aitas a toda prisa, decidió que por precaución y viendo las placas que me acababan de sacar, lo mejor era pasar una temporadita postrado en una cama en una habitación para mí solo en la clínica. Y aunque no sentía ni los pelos del bigotillo, era una experiencia diferente para mí, pues era la primera vez que me ocurría.

Y allí me encontraba en esos momentos, en mi pequeño reino particular. Un rey que no era capaz de levantar ni la cabeza para saludar y hablar con sus súbditos. Ni siquiera para agradecerles todas las bondades que me estaban ofreciendo. De vez en cuando conseguía abrir los ojos y sonreírles con la mirada. Y siempre me decían, cada uno a su modo, en su tono de voz, que no me preocupara, que dentro de poco iba a volver a casa, que lo único que tenía que hacer era descansar y hacer caso de las enfermeras. Enfermeras; esas mujeres que de vez en cuando entraban en mi habitación, me tomaban la temperatura, me atusaban el pelo, me decían cuatro palabras cariñosas y se despedían de mí, arrullándome con un:

  • Maitia, luego nos vemos otra vez, ¿vale? ahora tienes que descansar.

Y eso es lo que hacía. El día anterior había intentado incorporarme en la cama para poder coger el portátil de mi hermano Ander y jugar unas partidas al Virtual Grand Prix, el juego de fórmula 1. Pero la cabeza me daba tantas vueltas, que lo único que conseguí fue desplomarme encima de la almohada.

  • No te preocupes Joseba – le oí decir a mi hermano – yo te dejo el portátil para cuando te encuentres mejor y puedas jugar unas partidas. ¡Cuídate mucho hermanito! que te echamos de menos en casa. ¡Además, tienes que decidir de que nos vamos a disfrazar en Carnavales!

Vaya, pensé, voy a sacar algo positivo de esto, ¡hasta mi hermano me permite tocar su portátil!

Ainara vino con su Sorgintxiki de trapo. No habló. Parecía un poco asustada, impresionada de verme tumbado en la cama. Estaba acostumbrada a que fuera su compañero de juegos y nunca parábamos de hablar… y por supuesto de enfadarnos y de meternos el uno con el otro. Cuando entró en la habitación, se adelantó hasta la cabecera de la cama y dejó encima de la almohada a la muñeca. Luego se sentó encima de la manta y estuvo mirándome todo el rato callada, casi sin pestañear. Sólo giró  la cabeza cuando entraron la abuela María acompañada del tío Jon. Mi tío siempre tan dicharachero, le costó unos segundos más de lo normal concentrar su simpatía en una sonrisa y en su característica carcajada socarrona. Dejó en la mesilla de la derecha de la cama bolsas con chucherías y un paquete de cartulina marrón con cortezas de cerdo recién fritas. ¡Estupendo, con lo que me encantaban!

No fue precisamente muy entretenida la visita de la abuela María y el tío Jon. Este parecía incomodo y claramente no era por mi situación. La verdad que la abuela María siempre había tenido una aptitud de sargento con su familia. Le gustaba mandar y que las cosas se hicieran como ella quería. Y eso, con la forma de ser de mi tío, era algo bastante difícil de sobrellevar. En cambio con nosotros, sus nietos, cambiaba su forma de ser y de estar. Era amable y cariñosa, aunque no paraba de hablar y de regañarnos por cualquier cosa. Durante la visita, solamente me arropaba y decía sin parar que a qué madre como Dios manda se le ocurriría dejar que su hijo se levantara a esas horas para congelarse como un cubito de hielo y poder morirse de una neumonía.

En la décima repetición de la misma cantinela, mi tío Jon saltó elevando la voz:

  • Ya está bien ama, los niños no tienen porque aguantar que siempre estés enfadada con el mundo y que nada de lo que hacemos tus hijos te parezca bien.

Aquello no sé lo esperaba la abuela, la verdad, que no nos lo esperábamos nadie. Ander disimulaba su extrañeza agachando la cabeza encima del portátil y Ainara cogió su muñeca Sorgintxiki y empezó a peinarla con las manos nerviosamente, tarareando una canción bajito, bajito. Y yo cerré los ojos, simulando que estaba durmiendo.

  • Yo no estoy enfadada, ni con el mundo, ni con todo el mundo, – contestó la abuela pero no me negarás, que el sentimiento maternal de tu hermana, en ocasiones brilla por su ausencia.
  • Por una vez estoy de acuerdo con Jon. Ni es momento, ni lugar, para realizar ciertos comentarios. Gracias por la visita María, pero creo que ahora es tiempo de dejar descansar a Joseba.

El aita había aparecido de improviso en la puerta del cuarto. Serio, con el ceño fruncido y el brazo recogiendo los hombros de la ama. Se apartaron a un lado, invitando claramente a la abuela a que se despidiera y abandonara la habitación. Esta y todos nosotros nos habíamos quedado mudos. Bueno, haciéndome el dormido, para disimular el nerviosismo que me recorría todo el cuerpo.

El tío Jon también se levantó, e intentando animar el ambiente, cogió en brazos a Ainara y comentó:

  • ¿Qué os parece si vamos a casa, hacemos unas palomitas de maíz con mantequilla y vemos una buena película?

Ander se levantó rápidamente, dejando el portátil sobre la cama y salió de la habitación, no si antes revolverme el pelo en un gesto brusco, pero cariñoso. El aita dejó de abrazar a la ama, para acercarse a Ainara y darle una palmada en la espalda al tío Jon, agradeciéndole con el gesto su más que acertada intervención. La abuela María, disimulando que no se esperaba ese golpe por parte del aita, se levantó, alisándose la falda medio arrugada después de haber estado sentada a mi vera, me dio un beso, y diciéndome que me cuidara mucho, salió detrás del tío Jon, despidiéndose de mis aitas con un gesto de la cabeza.

Al segundo y medio, la ama vino a sentarse a mi cama, me cogió de la mano y empezó a besármela.

  • Lo siento mucho, maitia, lo siento mucho – le oía susurrar mientras las lagrimas recorrían sus mejillas.

El aita se acercó, la abrazó por detrás y le dijo al oído:

  • No tienes porque sentir nada Ainhoa, nadie tiene la culpa de lo que ha ocurrido y mucho menos tú. Sabes como es tu madre. Ya arreglaremos las cosas con ella. Ahora vamos a cuidar de Joseba.

Esa noche, empezó a bajar la monumental fiebre que había estado sufriendo durante estos días pasados. Pero lo que no disminuía ni un ápice era el apretón de las manos de mi ama alrededor de la mía. Y de vez en cuando notaba cómo sus lágrimas mojaban los besos que me daba.

Y aunque estaba muy cansado, era increíblemente feliz.

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4 pensamientos en “Las tribulaciones de Joseba: Hibernación

  1. Kaixo:

    Pues otra vez me lo has complicado, pobre Joseba en el hospital y además su familia peleándose delante de él… si es que los adultos muchas veces son peor que los niños… ays!

    Pues tendré que ir pensando como salgo de esta… no?

    Muxu handi bat.

  2. Kaixo:
    Es que la vida es complicada hasta en las mejores familias…
    En ocasiones los adultos se comportan como niños y los niños como adultos, cuando lo único que tienen que hacer es vivir y aprender como niños que son.
    Tu sales del paso mitxoleta!
    Muxu haundi!

  3. Con razon me parecian inconexas las publicaciones de Yo Misma.
    Ahora no es que cobre mas sentido (je,je, je) pero por lo menos tienen un nexo de union.

    Agur bero bat Kepasa29

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