Las tribulaciones de Joseba: El hundimiento del Titanic

Como bien sabréis y si no lo sabéis yo os lo recuerdo mi compañera de fatigas en estas aventuras de “Las tribulaciones de Joseba”, @Yomisma1981, nos dejó claro en “ Estrategia fraternal” que se había formado una alianza entre nuestro protagonista y su hermano mayor Ander para intentar solucionar los problemas familiares entre la abuela y la ama.

¿Pero qué plan han conchabado?

¿Cómo van a conseguir solucionar algo que lleva años sin solución?

Todo esto y alguna cosita más en este capítulo de tribulaciones.

Espero que os guste y sobre todo, se agradece vuestras visitas y vuestra paciencia. 8)

Capítulo XVI: El hundimiento del Titanic

El olor del pescado fresco se introducía por mi nariz cada vez que respiraba produciéndome una sensación extraña, medio añorando la sopa de pescado de la abuela Leonor, medio intentando calmar los constantes giros de mi estómago que protestaba ya que el colacao del desayuno pugnaba por salir a marchas forzadas a través del sitio menos indicado.

Entre sensaciones de nauseas, cada treinta segundos revisaba la pantalla del móvil por si mi hermano Ander me había enviado un mensaje en el whatsapp.

Cuando planeamos la estrategia a seguir para intentar una reconciliación entre la ama y la abuela María, nos dimos cuenta enseguida que necesitábamos un medio de comunicación, estar en todo momento conectados por si nos enterábamos de algo importante para el fin exitoso de nuestro plan.

Y que mejor que los estupendos smartphones regalo de reyes, aquellos regalos que hicieron torcer el gesto a los aitas. Pero con el tiempo ese gesto torcido se transformó en que el regalo de los aitas vino a parar a las manos de Ander y mias.

Yo no había usado todavía el móvil. Básicamente porque el aita con el entrecejo fruncido y en pocas palabras prácticamente me lo había prohibido, aunque la ama si me dejaba utilizarlo de vez en cuando para jugar.

Ander en cambio si lo usaba. Empleando su cara de buena persona consiguió que le permitieran utilizarlo. Qué mejor medio para él de hablar con su novia Lorea. En ocasiones se pasaba horas intercambiando mensajes con ella, incluso inmediatamente después de haber pasado juntos la tarde o de volver del instituto.

No entendía la situación de tener novia. Se me escapaba de todas todas.  Ander desde que había empezado a entrelazar las manos con Lorea, había dejado atrás cosas, actividades que le encantaban y por el contrario había comenzado a realizar otras que antes juraba y perjuraba que no haría nunca.

El mundo al revés.

Nuestro plan a grandes rasgos era intentar que la abuela María y la ama coincidieran en todos los sitios y situaciones posibles. Dos personas no pueden ni quieren hablar si no tienen interés en hacerlo, a no ser que fuerces a que lo hagan. Y lo primero es intentar que se encuentren cara a cara, a la fuerza al menos tienen que saludarse y cruzar cuatro palabras de cortesía… al menos así lo esperábamos.

Para ello necesitábamos conocer las costumbres cotidianas de nuestros objetivos, es decir, lo que hacían desde que se levantaban por la mañana hasta que se acostaban por la noche.

Sabíamos perfectamente las costumbres de la ama. Pero no teníamos tan claro la rutina de la abuela María, así que el viernes por la tarde planificamos una ronda de vigilancia, con el objetivo de conocer los sitios que frecuentaba.

Ander me enseñó a manejar el móvil y sobre todo el whatsapp. Las comunicaciones quedaron establecidas, decidiendo que nos enviaríaamos mensajes en cualquier momento si considerábamos que ocurría algo importante o algo fuera de la rutina…

Cómo Ander estaba obligado a permanecer con la ama la mañana del sábado (tocaba compras de ropa, y encima con Ainara de compañía), me había tocado a mí la vigilancia de la abuela María, no sin antes convencerle al aita que no me apetecía nada ir a ver los partidos de pelota que jugaban mis primos en compañía del tío Anton, prefiriendo quedarme en casa con mi recién adquirido hábito de lectura.

  • Como quieras Joseba… – contestó un poco extrañado el aita – pero creo que te vas a aburrir un poquito tú solo en casa. Y sabes que si necesitas algo, la ama y yo estaremos con el móvil. Disfruta ávido lector!

La avidez de lectura se convirtió en ansias porque todo el mundo se fuera de casa, para poder así correr hacía casa de la abuela María y empezar el seguimiento en la sombra… y bajo la lluvia, constante compañera de fatigas desde hacía unas semanas.

Cuando por fin me quedé solo, me armé con el móvil, las botas de monte (a saber por qué parajes debería arrastrarme) y el cortavientos con capucha de rigor. No debía aparecer después con el pelo mojado y sobre todo tenía que volver a casa antes del mediodía, sobre las dos, hora fijada por la ama para preparar la comida y sentarnos todos a la mesa.

Al salir de casa sonreí pensando si Sherlock Holmes tenía tantas dificultades cuando realizaba la persecución de un sospechoso.

Seguro que no se ponía tan nervioso.

Los nervios y el olor a pescado de una de las pescaderías del mercado municipal, Puesto de pescado en el mercadoestaban consiguiendo que mi estómago navegara a un ritmo que yo no marcaba.

Había conseguido ver que la abuela María salía de su casa justo cuando doblaba la esquina de la calle de su domicilio.

No resultó difícil seguirla por las calles entre la gente ¿quién iba a sospechar que estaba realizando una persecución? Y lo más importante ¿cómo iba a sospechar la abuela María que uno sus nietos se encontraba a escasos 25 metros?

El carrito que empujaba la abuela nos llevó hasta el mercado municipal.

Me encantaba ese sitio por la cantidad de puestos diferentes de carnes, pescados, frutas, verduras, panaderías… Era completamente distinto al centro comercial más moderno y con más tiendas. Tenía ese aire de pueblo, de barrio, que propiciaba el contacto y el diálogo entre vecinos.

Teníamos que haber imaginado que la abuela iría al mercado, ya que aparte de compras debía realizar una de sus costumbres ancestrales.

Hablar con otras abuelas.

Se habían juntado cinco de ellas, todas pertrechadas con su gabardina, su paraguas, su carro de las compras… parecía que estaban en la salida de un gran premio de fórmula 1, esperando que el semáforo cambiara de color para iniciar su carrera particular entre los puestos del mercado.

Pero por supuesto, antes de nada, cotilleo habitual.

O al menos eso es lo que yo entendía entre el barullo y murmullo constante desde mi puesto de observación. Frases entrecortadas como:

  • Pues sí, mi nieta ha dejado de salir con ese chico, no sabes como me alegro…
  • Deseando estaría yo que la mía lo hiciera, pero ya sabes, esta juventud…
  • El mayor se ha quedado en paro… el pobre tendrá que volver a casa de un momento a otro…
  • Mi hija se ha quedado otra vez embarazada, o sea que nos toca en casa empezar a pensar en ser canguros otra vez… con lo cansada que estoy…

Tertulia de abuelasDuro trabajo el de los abuelos, pensé para mí. Y más con la que está cayendo. Exactamente no sabía que estaba cayendo, pero era el comentario que más había escuchado en los últimos días.

Escondiéndome un poquito más entre las cajas de pescado, exactamente entre una de sapos y otra de sardinas, me forcé a revisar una vez más el whatsapp, por si Ander tenía alguna novedad.

Yo había cumplido al pie de la letra las instrucciones de mi hermano y más o menos cada cien metros le había enviado un mensaje de lo que estaba ocurriendo. Creía que era el objetivo pero Ander al cabo de media hora me contesto que dejara de agobiarle y que solo tuviera en cuenta los sitios importantes donde la abuela permaneciera más de media hora.

¡A sus ordenes Watson!

¿Pero desde cuando era Watson el que decidía la estrategia a seguir en las investigaciones?

Sentí un sentimiento de picajoso enfado hacía Ander, pero se pasó enseguida cuando me día cuenta del objetivo final de nuestros planes y sobre todo que mi hermano y yo estábamos metidos en la misma aventura, cosa que no ocurría desde hacía mucho tiempo.

Por cierto ¿cómo se lo habría tomado Lorea? ¿le habría sentado bien que Ander dedicara tanto tiempo a estar con su hermano pequeño? ¿le habría contado nuestros planes? ¿le habría hablado de la situación familiar, el enfado entre la abuela María y la ama?

Entre los pensamientos y preguntas, entre intentar no escribir más mensajes de whatsapp a Ander para que no se cabreara más conmigo, entre el olor de las sardinas, entre vigilar al grupo de abuelas, no me dí cuenta que una mano se había apoyado en mi hombre.

Cuando esa mano me apretó más fuerte, el batiburrillo de olores, revueltos en el estomago y nervios que erizaban constantemente los pelillos de la nuca, casi consigue que el colacao con galletas del desayuno realizara una visita de cortesía a un estrambótico sapo que me miraba tristemente desde su caja de madera con hielos.

  • ¡Kaixo Joseba maitia! ¿Pero que haces tú por aquí?

La sorpresa al escuchar esa voz tan familiar me dejó paralizado. Tuve que hacer un esfuerzo para levantar la vista del móvil, a la vez que intentaba ocultarlo intruduciéndolo en el bolsillo interior del cortavientos.

Trabajé en unos segundos una gran sonrisa en mi cara, antes de enfrentarme con el rostro risueño a la vez que algo extrañado, de mi abuela Leonor, la ama de mi aita Xabier.

  • ¡Kaixo abuela! ¡qué sorpresa! ¡vaya susto que me has dado!

Respiré aliviado cuando me dí cuenta que la abuela Leonor no se había percatado del móvil. Sabía que si lo veía, podía tener problemas, ya que en menos que cantara un gallo, el aita estaría enterado, con el consiguiente enfado y posible castigo por su parte.

  • Jajaja… ¿te he asustado? ¿y eso por qué? ¿en qué tribulaciones andas metido, para que te asuste que tu abuela te encuentre? – me contestó lanzándome esa sonrisa picarona que había heredado el aita.
  • ¿Tribulaciones? Pues exactamente no sé que es eso, pero te aseguro que no estoy haciendo nada malo… solamente estoy dando un paseo.
  • ¿Un paseo tú solo en el mercado? Huyyy… pero si aquí solamente venimos las abuelas a comprar y a hablar con las amigas. Por cierto, casi todos los sábados coincidimos tu abuela María y yo. Así podemos charlar de nuestras cosas y saber cómo nos va la vida. ¿La has visto por aquí? ¿O es que has venido con ella?

Después de escuchar la noticia del encuentro de los sábados de mis abuelas, fui notando como un color granate cubría mi cara.

Intentando que la sonrisa estuviera siempre presente en mi rostro, noté como todos y cada uno de los pelos de mi nuca se erizaban de puro nerviosismo.

Pensé que si le enviaba un whatsapp a Ander para explicarle la inesperada situación en la que me encontraba seguro que me daría algún consejo o idea para salir del atolladero, pero lo descarté enseguida… pesó más el posible castigo del aita si se enteraba que estaba utilizado el móvil que una posible ayuda estratégica.

Obligando a mi cerebro a trabajar a la mayor velocidad posible y aprovechando que la abuela Leonor empezó a parlotear como era su costumbre saltando de un tema a otro sin esperar a que los demás pudieran intervenir en la conversación, reflexioné que sí conseguía evitar que mi abuela Leonor se diera cuenta de la presencia de mi abuela María, todo podía solucionarse de una forma sencilla y sin excusas incomprensibles.

Comencé a girarme en dirección al puesto de chucherías que se encontraba más alejado del grupo de abuelas cotorras. La compra de una palmera de chocolate gigante, como las que solían vender en el mercado, era una buena razón de mi presencia allí.

Ley de MurphyA punto de conseguir que la abuela también se diera la vuelta, el amigo Murphy vino a hacerme una visita.

Ese personaje que de vez en cuando ponía a mi aita tan enfadado que se quedaba callado durante horas delante de la tele o se marchaba de casa diciendo que se iba a hacer una visita al tío Anton, dejando a la ama con un rictus de preocupación en la cara.

Ese Murphy que obligó a levantar la vista a la abuela Leonor, haciéndole exclamar:

  • ¡Pero si está la abuela María aquí, con todas las demás amigas! Joseba maitia, haberme dicho desde el principio que estabas acompañando a la abuela. – y agarrándome de la mano con la fuerza de Porthos me dijo – ¡Anda vamos, seguro que está preocupada buscándote y tú perdido entre las cajas de pescado!

La mano de la abuela Leonor con la fuerza del mosquetero más robusto me atenazaba y empujaba irremediablemente hasta el centro del huracán donde se iban a destrozar todas mis posibilidades de remediar la situación.

No podía coger el móvil para avisar a mi hermano Ander.

No se me ocurría ninguna razón lo suficientemente creíble para convencer a las abuelas de mi solitaria presencia en el mercado municipal.

A lo lejos veía las caras del aita y de la ama echándome la bronca porque me había ido de casa sin su permiso.

También veía las caras de Ander callado y sin saber que decir y de Ainara, riéndose divertida porque una vez más era el objetivo de sus burlas.

En ese momento la abuela María veía cómo nos acercábamos, con una expresión en su cara de alegría por verme y extrañada por la compañía de su consuegra.

En ese momento necesitaba la resolución de Sherlock Holmes, la astucia de D´Artagnan, la agilidad de pensamiento de Aramis y sobre todo maldecía interiormente no poder enviar un mensaje a mi Watson particular.

La fantástica e imparable estrategia fraternal estaba hundiéndose en un fracaso monumental.

Parecíamos el Titanic a punto de naufragar.

¿Quién nos echaría el salvavidas?

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4 pensamientos en “Las tribulaciones de Joseba: El hundimiento del Titanic

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  3. Kaixo laztana,

    Pues ya la has terminado de liar, ale! osea, que las abuelas cotillean cada sábado en el mercado?? y se puede saber como va a salir Joseba de este lío? cómo va a explicar que hace allí??

    Me parece q contestar a estas preguntas me toca a mí no?? jejeje! prepárate pues… que ya buscaré la forma de ponértelo difícil 😛

    Muxu handi! 😀

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