No me olvides

  • Es que a mi mujer le pilló el crecimiento debajo de la fregadera.

El eco de las carcajadas resonó durante algunos minutos en el ambiente caluroso y agradable de la salita de estar. Habíamos llegado al postre después de una opípara comida, algo así como dos horas y cuarto y mitad de primeros y segundos platos, a cual más sabroso, prácticamente a la altura de un buen restaurante condecorado con alguna estrella Michelin.

Lirio rojo

Los lirios de la ama

Cumplíamos una tradición arraigada ya hacía algunos años, reunirnos en casa del tío Felipe y de la tía Anita el “Día de la Madre” para disfrutar de una buena comida en buena compañía.

En realidad no eran mis tíos. Ni siquiera eran familiares. Pero el hecho de que el tío Felipe fuera compañero de armas de mi padre durante un par de décadas en el mismo taller de ebanistería provoca cierto roce que va más allá de lazos familiares.

Peculiar pareja el tío Felipe y la tía Anita. No tuvieron hijos, ignoro si por decisión propia u obligados por cuestiones fisiológicas… o simplemente porque la vida en ocasiones no te echa una mano y te empuja a disfrutar de ella.

El chiste de la fregadera era un clásico. La tía Anita es de baja estatura. Apenas roza el metro y medio mientras que el tío Felipe la miraba  con venerable adoración desde casi cuarenta centímetros mas arriba. Siempre contaba la anécdota del fregadero cuando el estómago nos explotaba y esperábamos que la tía Anita nos sirviera algún chupito con los cafeses. Bueno, corrijo esto último, en aquella época el único licor que se me dejaba saborear era un buen mosto negro de uva o alguna gaseosa de limón.

La comida en casa de mis tíos putativos había sido una idea del tío Felipe. Como ellos no eran padres, ejercían de anfitriones en una celebración de la que no podían ser partícipes. Y que mejor excusa para juntarse con amigos al menos una vez al año y mantener esos lazos de amistad que en ocasiones perduran más y son más profundos que los familiares.

Todo acabó hace unos diez años. Una trombosis se llevó en volandas, prácticamente sin avisar al tío Felipe. En casa de mis padres apareció una nube de dolor y angustia por la pérdida de un gran amigo, a la vez que preocupados por el futuro de tía Anita. Toda la vida en compañía de la misma persona, sin hijos, con la visita no muy frecuente de algún sobrino, y de repente la soledad en exclusiva.

No hemos vuelto a comer en su casa. Al principio supongo que porque los recuerdos dolorosos triunfaban sobre la celebración en sí. Con el paso del tiempo, el ajetreo de cada familia y el día a día nos imponen un ritmo de vida nada apropiado para recuperar las buenas costumbres.

En cambio, y una vez pasado algún tiempo, la tía Anita recuperó su vida de ama de casa, recuperó las ganas de seguir adelante y recuperó las conversaciones con el tío Felipe.

Si. Conversaciones. Porque eso es lo que hace la tía Anita cada vez que visita la tumba de su marido en el cementerio.

No reza. No llora. Simplemente empieza a hablar y le cuenta como están las cosas. Le cuenta que ha tenido que contratar a una chica para que le ayude a mantener esa cuasi-enfermedad de limpiar la casa como si cada día recibiera la visita del príncipe de Zamunda. Le cuenta que su sobrino se acaba de quedar sin trabajo, gracias a la estupenda nueva reforma laboral. Le cuenta que la Real Sociedad, el equipo de los sueños del tío Felipe, se ha salvado de bajar a segunda, pero que los aficionados sufren de un ataque de nervios cada vez que van a Anoeta. Y le cuenta que el Athletic Club de Bilbao, el equipo de los sueños de tía Anita, puede ganar dos copas este año. Para rabiarle un poquito. En fin. Le cuenta todo, como si estuvieran en la salita de estar  de su casa cada vez que el tío Felipe llegaba del trabajo y ponían las cosas en común.

Y en ocasiones le acompaña mi madre. Una o dos veces al año, alguna coincidiendo en el “Día de la Madre”. Como si la tía Anita quisiera volver a revivir esas estupendas comidas ahora añoradas.

Hoy no ha sido una excepción.

Aunque le hemos tenido que decir a la tía Anita que además de mi madre iba a ir otro acompañante con ellas.

¿Quién? Ha preguntado. Un señor al que nadie ha invitado, pero una vez que entra en tu vida, te acompaña hasta el final del camino. Alzheimer se apellida.

La tía Anita ha enmudecido. Pero como mujer endurecida por los acontecimientos amargos de la vida, respondió diciendo que por la tarde después de comer, estaría esperando en la parada de autobús del cementerio a la ama y a quien quisiera ir con ellas.

Pequeña pero matona.

Ahora están en casa tomando café con pastas. Muy ricas por cierto. Las de coco son las que más éxito están teniendo.

Aprovechando una visita de la ama a la habitación donde se encuentra el señor Roca, mi padre se ha interesado por saber como ha encontrado la tía Anita a la ama. Reflexionando unos segundos, ha contestado:

  • Sinceramente como siempre. Simpática, feliz, cariñosa. Algo perdida en las conversaciones. Pero me ha emocionado con lo que le ha dicho delante de la tumba a Felipe cuando nos íbamos del cementerio.
  • ¿Y qué ha sido?
  • NO NOS OLVIDES

Por esa frase y porque es la más maravillosa de las madres, le regalo esta canción.

Os aseguro que por mucho tiempo que pase, jamás la olvidaré.

Imagen de previsualización de YouTube

Espero y deseo que hayais tenido un muy feliz “Día de la Madre

Para mí todos los días lo son.

Gracias por la visita.

Gracias por no olvidar. 😀

 


Share

6 pensamientos en “No me olvides

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. Pingback: No me olvides

  3. Kaixo laztana,

    Pues razón tiene Anita, tu amatxo es feliz, simpatica y cariñosa, y te lo digo porque lo sé de primera mano. Y esta es una preciosa forma de homenajearla en su día y en el de todas las amatxos.

    Muxu handi laztana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *